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Por: Margarita Vidal
Rafael Pardo es tan equilibrado que sus detractores dicen que tiene horchata las venas. Otros hablan de su falta de carisma, a lo que él responde que a eso no hay que darle más vueltas: “No tengo carisma y punto”.
Acuyá afirman que no sabe reírse, sin saber que Pardo se las arregla para darle espacio a un humor cachaco lleno de sutilezas y calambures, y que un par de whiskies y un pestilente tabaco son complemento ideal para este amante de la música sesentera, con los Beatles a la cabeza, Carlos Santana, y, cómo no, tal cual bolero.
¿Que es flemático? Cierto. Lo demostró cuando el jueves 2 de diciembre de 1993, a las 2:45 de la tarde, el general Vargas Silva lo llamó para darle un escueto parte; “Cayó Escobar”. No movió un músculo de la cara mientras llamaba a César Gaviria, a pesar de la violenta descarga de adrenalina que lo inundó, al mismo tiempo que experimentaba un alivio indescriptible. ¿Que tiene horchata en las venas? Falso. Días después sus escoltas lo ingresaron a la sala de emergencias de la Clínica Shaio, porque su arteria Aorta lo traicionó.
Lector de todas las horas, heredó esa pasión de su abuelo, don Tomás Rueda Vargas, un patriarca sabanero, maestro, escritor y filósofo, que le trasmitió, además, el interés por la historia y la política. El legado de Miguel Antonio Caro, su tío abuelo, es su habilidad para escribir bien. Economista de Los Andes, Rafael se especializó en Planeación Urbana y Regional, en Holanda y en Relaciones Internacionales, en Harvard.
Tiene 57 años y en la pasada campaña electoral integró el partidor de los aspirantes presidenciales. Doy fe, después de entrevistarlos a todos, que fue el único que tuvo una respuesta precisa para contestar la famosa pregunta del maestro Echandía: “¿El poder para qué”? “Para acabar con la guerra”. Contundente.
Sinceramente, no.
Es un estatuto duro, pero el problema es también de actitudes políticas y del ejercicio del poder y yo creo que el gobierno anterior y el de Bogotá hoy, particularmente, están rodeados de todo tipo de historias de corrupción y de abusos de poder. La gente tiene la impresión de que el jefe de gobierno todo lo puede y que todo es legítimo para él. Esa percepción acaba generando hechos de corrupción graves.
Sí lo es y hay una estructura que la permite. Basta ver los costos descomunales de las campañas electorales. Yo creo que la estructura política del voto individual, la desarticulación de los partidos y el voto preferente, le abren espacio a la corrupción.
Me parece desastroso. Uno le da el beneficio de la duda, pero si fuera procesada, tendría una pena mucho más alta que aquella en la cual hay colaboración. Ello implica no poder volver a Colombia y probablemente no poder salir de Panamá, si es que fuera condenada. Por parte de Uribe me parece algo desconcertante. Un presidente durante ocho años, que hoy ejerce un inmenso poder, no puede decir que quienes ejercieron el poder -él, entre otros- no tienen garantías, cuando de lo que se ufanó siempre fue de haber generado seguridad.
Muchos sospechan que la permanente y pugnaz participación de Uribe en Twitter denota un gran nerviosismo, ya que si sus funcionarios son condenados, muy seguramente se acogerían al principio de oportunidad, porque no es lo mismo 30 años de cárcel que 15. Y de pronto, lo involucrarían.
Yo creo que eso no es una sospecha sino una realidad. Ya ocho altos ex funcionarios del DAS aceptaron los cargos para reducir tiempo en prisión y todos han dicho que recibían órdenes superiores, de personas individualizadas. Allí ya no hay especulación sino procesos judiciales que indican que las interceptaciones del DAS eran ordenadas desde la Casa de Nariño.
Me parece que uno debe suponer que un presidente actúa honestamente y que, si es así, tiene que darle credibilidad al sistema judicial que él presidió. Descalificar a los más altos jueces de Colombia no contribuye en nada a la estatura histórica del gobierno que terminó, ni a la neutralidad y objetividad que deben tener quienes ejercieron los más altos cargos públicos.
Hay una inteligencia de las Fuerzas Militares en función de su propia responsabilidad. La Policía hace inteligencia sobre delincuencia organizada, común y narcotráfico. El Ejército sobre grupos de subversión y grupos armados. La Armada sobre los temas que le conciernen. Pero también se necesita un organismo de inteligencia civil, no ligado a las Fuerzas Militares, que dependa del Presidente, como ocurre en casi todas partes del mundo.
A la inteligencia colombiana no podemos satanizarla y caer en el riesgo de que se pierda, pero tampoco podemos aceptar procedimientos ilegales como los que pueden haber ocurrido.
Usted apoyó a Uribe y dejó de hacerlo por no estar de acuerdo con el tratamiento jurídico que se le dio al proceso paramilitar. La Corte Constitucional acaba de darle la razón al tumbarla. ¿Qué originó ese desastre?
Se buscaba que personas organizadas y armadas para controlar territorios y delinquir, dejaran las armas. A cambio de eso y de la verdad, tendrían tratamiento judicial benéfico. Pero la verdad ha aparecido a cuenta gotas y ha sido a veces intencionada, porque es vox populi que los paramilitares amplían sus declaraciones o las venden, u ofrecen hablar contra alguien, o retractarse, a cambio de plata o beneficios. En el Proceso de Justicia y Paz no ha habido más de dos o tres personas, de las tres mil incursas en delitos de lesa humanidad, en un lapso de cinco años, que hayan sido condenadas. Al no haber condenas tampoco ha habido reparación, tal como lo exigió la Ley de Justicia y Paz. Si eso no es un fracaso...
La idea es de reunificación. Hay pasos posibles y otros no, por razones legales, de manera que, para poner una fecha lejana, posiblemente haya reunificación en el 2014. ¿Antes de eso qué hay? Un Congreso donde ya de hecho funcionamos como bancada y unas elecciones territoriales el año entrante.
En el Congreso podremos funcionar propiamente como una bancada única Cambio Radical y Partido Liberal, pero eso lo haremos más adelante.
Las coaliciones son la vida de una elección local y no es un misterio que tendremos coaliciones apoyando candidatos diferentes del liberalismo. La elección local es un tema en el que difícilmente influye una política nacional, porque en las elecciones locales influyen muchísimos temas.
¿Usted también está deslumbrado con el supuesto “cambio” de Juan Manuel Santos que, contra todos los pronósticos, ya presidente, llamó a la Unidad Nacional?
Risa. Digamos que fui sorprendido favorablemente y que el liberalismo tomó la decisión de aceptar la invitación sin ningún tipo de negociación. A nosotros no nos gustaba la coalición de Uribe, pero nos pareció muy favorable que Santos le diera realmente un verdadero contenido al tema de Unidad Nacional. Tomó los proyectos importantes de otros partidos y está trabajando en serio por el tema de unidad, con una agenda y un mecanismo de concertación muy bien establecido entre el presidente y los jefes de partido. Ése es un planteamiento institucional, serio, transparente y por encima de la mesa.
Yo creo que tiene toda la lógica y para el partido también, porque el Liberalismo es un partido asociado genéticamente con el poder y lo ha tenido durante la mitad de la historia de este país.
En el Partido Liberal hay una militancia vieja, como en todos los partidos, porque los jóvenes ya no se dejan encasillar. Hoy hacemos énfasis en que el liberalismo es un partido con pasado pero con ideas para los problemas que le interesan a la gente, como el desempleo de los jóvenes. Hemos adoptado el lema: ‘Ideas que gobiernan’, que indica que aunque el Partido Liberal no sea el gobierno, estamos en una Unidad Nacional que apoya ideas liberales.
No me parece cuestionable. Tiene todo el derecho. Lo que sí tiene que quedar claro para los ciudadanos y para él mismo, es que él no es un ciudadano común y corriente. Así como él tiene una preeminencia innegable también tiene unas responsabilidades mucho mayores que las de un ciudadano común y corriente.
Yo veo que hay esa posibilidad pero hay que resolver muchos temas antes, entre ellos que el Estado acepte que son primero las víctimas que los victimarios y por eso creo que la Ley de Víctimas es un paso fundamental.
Segundo, aquí hay que inventar un marco jurídico que permita que los guerrilleros dejen de serlo. Ahora estamos administrando procesos de negociación y de paz iniciados hace 5 u 8 años y tratando de enderezarlos. Hoy, como sociedad y como dirigentes, no podemos decirle a la guerrilla “conversemos”, porque, ¿qué les ofrecemos? Hay que despejar primero los procesos empantanados. Pero sí creo necesario un esfuerzo muy grande del gobierno para terminar la guerra. Es un desgaste muy grande con un costo enorme, hay que jugársela políticamente, e implica un esfuerzo gigantesco del gobierno y de la sociedad, pero yo creo que el camino que marca Santos, reconociendo a las víctimas, puede llevarnos a una situación muy buena para hacer la paz.
Es fundamental y veo que el país entero apoya esa decisión. El Ejército y la Policía lo han hecho muy bien y todos los colombianos tienen claridad que se está haciendo una tarea impresionante.
Mucha evolución del Ejército y la Policía. Recursos. Hoy tenemos un pie de fuerza que permite un control territorial efectivo. Continuidad y un gran fortalecimiento de la inteligencia. Fue importante que el gobierno de Pastrana obtuviera de Estados Unidos colaboración con el Ejército por medio del Plan Colombia, que fue bueno en el fortalecimiento del Ejército y malo en el combate a las drogas.
Tiene que existir una política distinta, que busque más entender y tratar la adicción. Los sistemas de salud en ese tema no son efectivos. Vivimos en un sistema de prohibición de las drogas, pero parcial, porque buena parte de los adictos del mundo viven en regímenes en los cuales no está prohibido usarlas. Hay que crear un sistema en el cual no sea ilegal el consumo, un sistema de suministro regulado de esas sustancias. Eso sacaría del crimen organizado una parte de las drogas y reduciría las exorbitantes ganancias de las mafias.
En materia de seguridad fue muy buen gobierno, y que tuvo un liderazgo notable. En el resto me parece que fue un gobierno regular, hacia abajo. Se entregaron los sistemas de salud y de carreteras en crisis, a la educación se le reconoce un gran aumento en cobertura pero hay mucho cuestionamiento en cuanto a calidad. Respecto a las relaciones internacionales fue el período en que más aislado estuvo Colombia. En cuanto al manejo fiscal, aprobaron 25 billones de pesos en vigencias futuras para todo tipo de obras. A la vista de eso resulta paradójico, por decir lo menos, que ese gobierno se opusiera a la reparación de las víctimas, que valen la mitad. El fracaso de la desmovilización paramilitar, para no hablar de otros temas como el DAS y el enfrentamiento y descalificación de la justicia.
Eso lo determinará el gobierno. No presionamos. Estamos sí, muy contentos con el gobierno. De pronto demasiado.
¡¿Ah, sí?! Risa. ¿Y eso qué quiere decir?
Pues lo dicho. En Estados Unidos, el subsecretario de Asuntos Latinoamericanos, Arturo Valenzuela, me preguntó cómo se sentía el Partido Liberal con Santos. Le dije: “como los mineros chilenos antes de ser rescatados: “ya nos llegó la sonda, ahora enviaron la luz, enseguida tuvimos agua y nos mandaron comida”. Todavía no nos han rescatado, pero tenemos esperanza.